Con una misa celebrada este 24 de julio, la feligresía católica de Maracaibo recordó a los fallecidos y damnificados que dejó el doblete sísmico en La Guaira, Caracas y Miranda el mes pasado. Monseñor José Luis Azuaje, arzobispo de la capital zuliana, presidió la eucaristía en la Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, donde dijo que, a pesar de la circunstancia, la presencia de Dios continúa presente en el sitio de los hechos, en las manos de quienes ayudan de una u otra forma a quienes sufrieron por el fenómeno natural.
Reflexionando sobre la conocida parábola del sembrador, Azuaje reflexionó sobre el significado de lo que significa ser “buena tierra” en tiempos donde más de mil 400 réplicas sísmicas fueron registradas después de los eventos del 24 de junio.
“Hoy ser tierra buena es abrir el corazón para cuidar y dejarnos cuidar. La buena tierra es el hogar que abre sus brazos para acoger a la familia que se quedó sin techo. Es la mano del voluntario que reparte alimentos y mirar a quién. Es el abrazo silencioso que acompaña al que llora. Es la solidaridad que no se apaga cuando pasan los primeros días de la emergencia, sino que permanece cuando la reconstrucción se vuelve un trabajo largo y perseverante”, detalló el alto clérigo marabino.
El arzobispo recordó a una basílica a la feligresía ubicada dentro del templo y fuera del mismo que este primer mes Dios actuó “en la inmensa ola de solidaridad que recorrió Venezuela”.
“Dios no está en el terremoto que destruye, está en las manos que levantan los escombros. La entrega de los médicos y rescatistas en la olla comunitaria que comparte el pan y el afecto inmenso de quienes se sostienen mutuamente para no caer. Hermanos y hermanas, las heridas tardarán en sanar y las casas tardarán en reconstruirse, pero el pueblo sufriente no está solo”, dijo en su homilía.
El jerarca de la Iglesia en Maracaibo destacó que es natural que el cansancio se sienta con mayor peso, pues el impacto “iniciante pasó a la realidad cruda de la reconstrucción, al dolor resistente de las pérdidas y al agotamiento físico y emocional”.
“Por eso, hoy la palabra de Dios no nos habla desde lejos, sino que entra de lleno en nuestras vidas para sembrar esperanza. Dios conoce el dolor de los que sufren y no nos pide certezas absolutas, solo que nos dejemos sostener confiados en su misericordia. La incertidumbre al no controlar estos eventos. Todas estas nuevas preocupaciones de la vida que ahogan la paz. Jesús reconoce esas cargas en cada uno de nosotros. Unos más, otros menos. Él no las ignora. Se las echa al hombro y las carga con nosotros. No nos deja solos”, detalló a la asamblea.
Antes de finalizar la misa, el Santísimo fue mostrado a la feligresía presente adentro de la basílica como en la plazoleta, donde los feligreses también oraron por la pronta recuperación de aquellos que perdieron a alguien, como a los que continúan en cama por las lesiones causadas por los sismos.
La voz de la oración por las víctimas
Entre los feligreses estaba Johan Bracho, quien acudió al Santuario Mariano porque desde su corazón nació estar allí atendiendo “al llamado que nos hizo nuestro sacerdote para honrar a esas personas que fallecieron el 24 de junio en el sismo que sucedió al país”.

Lizeth Corona explicó que fue a la misa por el dolor ajeno que siente por todas esas personas que murieron, que quedaron atascadas, los heridos y quienes quedaron sin techo. “De verdad que eso es para el que lo viva, pero sin embargo siento un dolor ajeno, muy fuerte. Gracias a Dios no tuve ningún familiar al que le pasara nada, ningún amigo directo, pero el dolor y el sufrimiento son bastante. Muy triste, demasiado”.
Por: José Manuel Sánchez y Lizaura Noriega / Fotos: Herminio Bejarano
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