El premio es, simplemente, poder dormir una noche completa
La noche en Maracaibo ya no es el refugio de paz que debería ser tras el agotamiento diario. Alrededor de las 7:00 de la noche, una quietud artificial y pesada se apodera de barrios enteros. Es el momento en que se apaga el ruido de los compresores y, con ellos, parece que se detuviera el aire mismo. En el Zulia, la oscuridad no es sinónimo de sueño, sino de una vigilia forzada por el calor y el zumbido de los zancudos.
Para Luis Viloria, la rutina es una carrera contra el reloj. Llega de su trabajo a las 6:00 p.m., con el tiempo justo para una cena rápida antes de que su sector quede a oscuras. «Pierdo mi paz apenas entro. Sé que a las siete se va la luz y lo que queda es aguantar», relata. Mientras tanto, en la parroquia Manuel Dagnino, María Cedeño siente que el cuerpo ya no le da para más. Entre los oficios del hogar y el cuidado de su familia, la jornada de cuatro o cinco horas sin electricidad —que a veces se extiende de 9:00 p.m. a 1:00 a.m. o de 1:00 a.m. a 5:00 a.m.— le roba el descanso necesario para enfrentar el día siguiente.
A diferencia de los peores años de la crisis, ya no es tan común ver los colchones en las aceras o porches; el cansancio psicológico han empujado a la gente a sufrir el encierro entre cuatro paredes que se calientan como hornos. El esquema actual, con interrupciones rotativas que se repiten casi todos los días —con apenas un respiro cada cuatro jornadas—, ha generado una sensación de depresión profunda.
El malestar crece cuando los vecinos comparan sus realidades. Hay una queja persistente: mientras a algunos sectores populares la luz se les va invariablemente en la noche, otras zonas parecen tener privilegios, con cortes matutinos o, en el mejor de los casos, sin interrupciones. «Parece que la tienen agarrada con nosotros», dicen algunos en las barriadas.
El agotamiento crónico no es solo físico. La incertidumbre de no saber si se podrá dormir antes de ir a trabajar afecta la productividad y la salud mental de los zulianos. Es una jornada inhumana que se ha vuelto paisaje.
Cuando el ventilador se detiene, el silencio que queda es opresivo. Es el recordatorio de que, en el estado más caluroso de Venezuela, la electricidad no es un lujo, sino un requisito para la vida digna.
Lo que para el resto del mundo es un servicio básico que funciona en segundo plano, para el zuliano es el centro de sus preocupaciones, una lotería diaria donde el premio es, simplemente, poder dormir una noche completa.
Durante esas horas de penumbra, el brillo de las pantallas se convierte en la única fuente de luz en muchos hogares. En medio del calor, el pasatiempo más común es deslizar videos en TikTok, rogando en silencio que la batería del celular aguante hasta que regrese la corriente; para la gran mayoría, comprar un cargador portátil o un energizador es un lujo inalcanzable.
Mientras unos consumen redes sociales para distraer el hambre de sueño, otros vuelven a las viejas costumbres, aunque con menos energía que antes: se ven familias enteras sentadas en sillas de porche o directamente en las aceras, compartiendo conversaciones en murmullos. No son las charlas animadas de otros tiempos; es un diálogo pausado por el agotamiento, donde las palabras apenas fluyen porque el cansancio de la jornada ya pesa demasiado en el cuerpo y en el ánimo.
Noticia al Día
Recuerda seguirnos en nuestra NUEVA CUENTA INSTAGRAM , TIKTOK Y WHATSAPP
