Aron Ralston, un experimentado montañista y buscador de aventuras de 27 años, conducía hacia el sureste de Utah. Su plan era simple: un día de barranquismo (canyoneering) en solitario por el remoto cañón Blue John, una grieta estrecha y sinuosa labrada en la piedra arenisca roja. Cometió un error fatal que casi le cuesta la vida: no le dijo a nadie adónde iba.
Esta es la historia de cómo una excursión de fin de semana en solitario se convirtió en una de las pruebas de resistencia humana más desgarradoras jamás registradas. Si has visto la película 127 Horas, protagonizada por James Franco, ya conoces el desenlace, pero los detalles de lo que ocurrió en ese cañón de Utah en abril de 2003 superan cualquier ficción.
El escenario y la trampa: 26 de abril de 2003
Aron Ralston, un experimentado montañista y buscador de aventuras de 27 años, conducía hacia el sureste de Utah. Su plan era simple: un día de barranquismo (canyoneering) en solitario por el remoto cañón Blue John, una grieta estrecha y sinuosa labrada en la piedra arenisca roja. Cometió un error fatal que casi le cuesta la vida: no le dijo a nadie adónde iba.
Ralston estaba descendiendo por una sección estrecha del cañón cuando sucedió la tragedia. Mientras maniobraba sobre una enorme roca que estaba encajada entre las paredes, esta se movió. Aron cayó, y la roca —un bloque de arenisca de más de 360 kg (800 libras)— se deslizó tras él, atrapando su antebrazo derecho contra la pared del cañón con una fuerza aplastante.
En un segundo, la libertad del desierto se convirtió en una prisión inamovible. Su brazo estaba completamente inmovilizado.
La agonía del tiempo: Días 1 al 4
Al principio, Ralston intentó lo lógico. Trató de empujar la roca con todas sus fuerzas, pero no se movió ni un milímetro. Usó su equipo de escalada para improvisar un sistema de poleas, pero la roca era demasiado pesada. Trató de usar su pequeña y barata navaja multiusos para tallar la piedra alrededor de su brazo, logrando solo desgastar la hoja sin avanzar apenas.
Los días pasaron con una lentitud aterradora. Estaba atrapado en una grieta donde el sol solo entraba unos minutos al día. Sus suministros eran mínimos: menos de un litro de agua y dos burritos.
Para el tercer día, Ralston había agotado su agua. Se vio obligado a beber su propia orina para sobrevivir. Las noches eran gélidas y los días asfixiantes. Empezó a sufrir alucinaciones intensas, viendo a amigos y familiares, y grabó mensajes de despedida para su madre y su padre en su videocámara, convencido de que moriría allí. Incluso talló su nombre, fecha de nacimiento y una presunta fecha de muerte en la pared del cañón.
La epifanía y la mutilación: Días 5 y 6
Al quinto día, Ralston estaba moribundo. Deshidratado, desnutrido y delirante, tuvo una visión en medio de una alucinación: se vio a sí mismo, un año en el futuro, jugando con un niño pequeño mientras le faltaba el antebrazo derecho. Esta visión le dio una nueva y terrible claridad. No iba a morir. Tenía que salir.
Pero solo había una forma. Había considerado la amputación desde el principio, pero no tenía herramientas para cortar el hueso. Su navaja era demasiado roma incluso para cortar la piel con facilidad.
Esa noche tuvo una epifanía médica. La roca había aplastado su brazo con tanta fuerza que la circulación se había cortado por completo. El brazo atrapado estaba necrótico, «muerto». Si podía romper los huesos, no necesitaría cortarlos.
En la mañana del sexto día, Ralston puso en marcha su plan. Usó la fuerza de su propio cuerpo para aplicar palanca contra su brazo atrapado, torciéndolo hasta que escuchó el chasquido ensordecedor del radio y el cúbito rompiéndose. Fue un sonido horrible, pero para él, fue el sonido de la libertad.
Lo que siguió fue una hora de tormento indescriptible. Usando la hoja roma de su navaja multiusos, tuvo que cortar los músculos, los tendones y los nervios restantes. No tenía torniquete médico, así que improvisó uno con el equipo de su mochila.
A las 11:42 a.m. del jueves 1 de mayo de 2003, tras 127 horas atrapado, Aron Ralston se liberó.
El escape y el rescate
Aún no estaba a salvo. Aunque libre de la roca, estaba gravemente herido, había perdido casi la mitad de su sangre y le quedaba una caminata de 13 kilómetros por el desierto bajo el sol del mediodía.
Con un brazo amputado y en estado de shock, Ralston logró rapelear con una sola mano por una pared de 20 metros para salir del cañón y comenzó a caminar hacia su vehículo. Milagrosamente, tras varios kilómetros, se encontró con una familia de turistas holandeses que le dieron agua y alertaron a las autoridades.
Un helicóptero de rescate lo localizó poco después. Fue trasladado de urgencia a un hospital, donde los médicos dijeron que sobrevivió por cuestión de horas.
Aron Ralston no solo sobrevivió; rediseñó su vida. Se convirtió en un orador motivacional y continuó escalando montañas, convirtiéndose en la primera persona en escalar en solitario los 59 picos «fourteeners» (de más de 14,000 pies) de Colorado durante el invierno, usando una prótesis diseñada por él mismo. Su historia sigue siendo un testimonio Monumental de la voluntad de vivir
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