En el centro se tomó un «fresco» bien frío y remató con un cepillado frente a la Basílica. El alivio duró poco; el sudor le corría como un tubo de agua abierto por el peso de las bolsas
En la calle, el calor no se soporta. Desde las primeras horas de la mañana, el sol se ha convertido en dueño y señor de cada esquina. “Qué molleja de calor”, repiten unos y otros como si fuera un rezo compartido. A las 3 de la tarde, el termómetro marca 37 °C y la sensación térmica llega a unos sofocantes 43 °C; el aire parece no moverse, y cuando lo hace, es como si soplara fuego.
Emilia salió desde tempranito, a las ocho, rumbo al centro. De regreso a casa, a las tres de la tarde, lleva unas bolsas llenas de mercancía para su pequeño negocio. Se ríe cansada: «El bus parecía un air fryer», exclamó uno, porque nunca se pierde el humor maracucho en medio de las dificultades. En el centro se tomó un «fresco» bien frío y remató con un cepillado frente a la Basílica. El alivio duró poco; el sudor le corría como un tubo de agua abierto por el peso de las bolsas.
En la ciudad se defiende como puede. Unos caminan con paraguas, otros se cubren con trapos en la cabeza, y todos sueltan el mismo lamento: “¡Qué molleja de calor!”. El pavimento resplandece como una plancha ardiente y el vapor que se levanta del Lago parece envolver la ciudad entera. “Si salís a esta hora con esa chaqueta te cocinais”, suelta uno que entró a la oficina con cinco aires acondicionados.
Así transcurre abril en Maracaibo, con calles que parecen brasas y un cielo que arde sin descanso. El calor, más que un clima, se ha vuelto parte de la conversación cotidiana, como si la ciudad misma respirara en vapor.
Noticia al Día
Recuerda seguirnos en nuestra NUEVA CUENTA INSTAGRAM , TIKTOK Y WHATSAPP
