Corrían los años 90 en Maracaibo y, de repente, las PDAS electrónicas se volvieron el tesoro más preciado de todo niño en primaria. ¡Qué maravilla eran! Compactas, con ese peso reconfortante para el bolsillo. Era como tener un smarphone en aquella época.
Llenas de funciones, estas agendas digitales calculaban sueños, las aventuras entre amigos y colegio y organizaban nuestro pequeño caos. Para nosotros, la generación que hoy ronda los 40, marcaron el primer salto al mundo tech. Quien las llevaba no era el papaupa del salón, el que anotaba tareas con un clic mientras a los demás les salía cuaderno, envidiando ese brillo verde en la pantalla del otro.
Yo recuerdo la mía: una Casio negra, la Data Bank clásica, con botones duros que crujían bajo mis deditos ansiosos y una pantalla LCD verde. La usaba en el colegio para todo lo que importaba en ese mundo mágico —tareas, contactos de amiguitos para invitarlos a jugar, sacar cuentas para comprar chucherías en el kiosco—.
En el recreo, la pasaba de mano en mano como un tesoro compartido: «¡Tu turno para Snake!», gritábamos entre risas, cronometrando carreras con su bip que aceleraba el pulso. Los varones adorábamos las negras y robustas, como armaduras de caballeros; las niñas, las de colores vibrantes —rosas tiernos, lilas soñadores. Eran puro status: «¡Mira lo que hace!», decíamos, boquiabiertos ante sus pitidos suaves.
Esas máquinas lo tenían todo para un niño, como una amiga fiel que nunca fallaba:
- Agenda con alarmas cariñosas, pitando suave para no olvidar los deberes y hacer feliz a mamá.
- Calculadora para sumas rápidas.
- Libreta de contactos con teléfonos de la pandilla.
- Juegos.
- Reloj mundial y temporizador para medir el recreo, haciendo cada minuto eterno.
Era indispensable, mi compañera inseparable: la cargaba con tareas del día y juegos para el camino a casa, donde soñaba con ser astronauta o inventor. Hoy, hombres y mujeres de esa época, sonreímos con el alma al recordarlas como el smartphone de nuestra infancia tierna, antes de que llegaran los celulares de verdad, fríos y veloces.
¡Qué salto tan dulce y agridulce! Mientras nuestras PDAs vivían de pilas AA y pitidos, los niños de primaria en Maracaibo hoy acarician tablets y Chromebooks escolares con ternura digital: Google Classroom guarda tareas en la nube como un álbum eterno, apps como Kahoot convierten el recreo en fiestas interactivas de conocimiento, y calculadoras con IA resuelven ecuaciones con un susurro inteligente. Los contactos zumban en WhatsApp escolar, y smartwatches miden el pulso del recreo con precisión amorosa.
Aquellas Casio pedían memoria del corazón y dedos pacientes; ahora, todo se sincroniza en la nube con realidad aumentada que trae la historia a la vida. Éramos pioneros con lo simple y mágico; ellos, nativos de un mundo infinito —pero nosotros guardamos ese primer bip en el pecho, el que nos hizo soñar en grande.

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