Después de dos años volví a leer esta novela corta de mi amigo Edinson Martínez, un ejercicio literario que adquiere una resonancia inusitada en el contexto actual, tras las expectativas generadas por el histórico acuerdo petrolero entre Estados Unidos y Venezuela: un contrato sin precedentes por sesenta y cinco mil millones de barriles de petróleo durante un siglo, equivalente a una quinta parte de las reservas del país.

Este convenio colosal nos obliga a mirar el porvenir con cautela, pero también con anhelo; y permita Dios que haga reflotar la economía y nos devuelva la fe y la esperanza perdidas después de estos veintisiete años de iniquidad, atraso y entuertos.
Frente a esta gran geopolítica del petróleo, la novela nos devuelve a las vidas cotidianas sacudidas por el rugido de los pozos. Lejos de ser un simple relato nostálgico o provinciano, la obra se consagra como una pieza de honda madurez literaria y psicológica, donde la intimidad de sus personajes —con Santiago atrapado en el epicentro de sus heridas— se funde de manera inseparable con la atmósfera y la identidad de una típica ciudad de la Costa Oriental del Lago de Maracaibo.
Para una comunidad de este talante, el oro negro no es un mero recurso económico ni un decorado geográfico, sino una fuerza centrífuga que altera de manera inexorable la naturaleza humana. Edinson Martínez retrata con maestría esa dualidad perpetua entre la bonanza y el aislamiento: pueblos bajo una «somnolencia pasmosa», de calor abrasador y viento constante, sacudidos de repente por la irrupción de extranjeros y una riqueza súbita. La vida transcurre allí con la monotonía de una postal fija, pero en su reverso se gestan pasiones desbordantes y tragedias imprevistas.
Ese destino mecánico encuentra su eco en el sonido continuo de los balancines —que, en palabras de la novela, gime tan natural como el oleaje lacustre— y funciona como el latido incesante del tiempo. Las vidas de Santiago, Marta, Félix y Violeta giran al compás de esa maquinaria invisible que extrae la riqueza de la tierra mientras consume en silencio la juventud de sus habitantes.
Sin embargo, el verdadero núcleo de la obra radica en cómo un evento fortuito, minúsculo e imprevisible —la punta de un lápiz clavada de manera accidental en un ojo en el año 1955— es capaz de fracturar y redefinir el curso de múltiples existencias.
A través de este accidente, la novela altera los moldes tradicionales y plantea una visión casi trágica sobre la existencia: el control que creemos tener sobre nuestro futuro se revela como una absoluta ilusión; estamos a merced de giros azarosos que trazan un antes y un después insalvable.
Esta fatalidad se entrelaza con el peso asfixiante de la culpa y el rencor heredado. Mediante la figura de Carmela y el dolor no resuelto de los adultos, el texto explora cómo los rencores sentimentales no perdonados y los ajustes de cuentas del pasado —como aquel viejo desamor con Claudio— se enquistan en el núcleo familiar. Se convierten así en un veneno generacional, una sombra tóxica que busca sabotear la felicidad de los hijos.
Frente a las reglas impuestas por el entorno, las críticas severas de la gente y el peso de los errores pasados, la novela presenta el amor como una forma valiente de resistir. La relación entre Marta y Santiago no se basa en la comodidad ni en las apariencias, sino en el cariño sincero, la lealtad y una terquedad inquebrantable. Amar «contra todo» en un pueblo donde todos se conocen y todos vigilan los pasos ajenos se transforma en el único refugio posible contra la desdicha, la única forma de construir un espacio de humanidad en medio de un mundo mecánico e indiferente.
Para lograr esta fuerza en la historia, el autor utiliza recursos estilísticos muy acertados. En lugar de contar los hechos en orden cronológico, la novela salta entre distintas décadas (1955, 1961, 1967, 1971) tal como funciona la memoria misma: los recuerdos vuelven no por las fechas, sino por lo que significan en el presente. A esto se suman los hilos cruzados de otros personajes, como Víctor, Jaime o Violeta, que muestran una tragedia compartida por todos, ambientada con descripciones tan vivas del lago que este termina siendo un personaje más de la historia.
Todo este andamiaje dialoga de forma directa con los mejores precedentes de la literatura venezolana e hispanoamericana. La novela se inscribe en la estirpe de Mene (1936), de Ramón Díaz Sánchez; de Sobre la misma tierra (1943), de Rómulo Gallegos, y Oficina Nº 1 (1961), de Miguel Otero Silva. Con ellas comparte esa gran historia coral —marcada por el profundo contraste entre la irrupción del Zulia petrolero y el desamparo de sus comunidades—, donde la llegada de esta industria rompe y desordena la vida.
Del mismo modo, comparte el espíritu de aquellas historias sobre la provincia aturdida —de la que obras como Pedro Páramo son la máxima expresión— y muestra cómo en los pueblos pequeños los fantasmas, las culpas y los rencores se quedan flotando en el aire para siempre.
En definitiva, Edinson Martínez logra una enseñanza poética y desgarradora: somos, en última instancia, el resultado de lo que el azar destruye, de lo que el rencor intenta corromper y de lo que el afecto genuino rescata a contracorriente. En medio de calles polvorientas y torres de extracción, sus personajes buscan perdonar los golpes del pasado y cuidar el amor verdadero, antes de que los caprichos del tiempo cierren para siempre sus historias.
Mientras se negocia el porvenir del país con el petróleo, la literatura de Edinson Martínez nos devuelve lo que ningún contrato puede comprar: la memoria, el dolor y la tierna resistencia de su gente.
@marcelomoran