Cada 6 de enero, la cristiandad celebra la Epifanía, término que significa “revelación” y que conmemora el momento en que Jesús se manifiesta ante el mundo a través de la visita de los Sabios de Oriente. Más allá de la tradicional entrega de regalos, esta fecha posee un profundo contenido teológico, histórico y cultural que la convierte en uno de los hitos centrales del calendario litúrgico cristiano.
La Epifanía recuerda la adoración del Niño Jesús por parte de Melchor, Gaspar y Baltasar, figuras que la tradición identifica como representantes de toda la humanidad, simbolizando a los pueblos gentiles que reconocen al Mesías. Aunque el Evangelio de Mateo no los define como reyes ni especifica su número, los describe como magos —del griego magoi—, término que en la antigüedad hacía referencia a sabios, astrónomos o sacerdotes dedicados a la observación de los astros y a la búsqueda del conocimiento.
Fue en el siglo III cuando el teólogo Orígenes estableció que eran tres, basándose en la cantidad de obsequios ofrecidos al Niño Jesús: oro, incienso y mirra. Cada uno de estos presentes posee un fuerte simbolismo doctrinal. El oro reconoce la realeza de Cristo; el incienso honra su naturaleza divina; y la mirra, utilizada en embalsamamientos, anticipa su sacrificio y humanidad. Más que bienes materiales, estos elementos sentaron las bases teológicas de la identidad cristiana de Jesús.
Desde el punto de vista litúrgico, la Epifanía marca el cierre de los llamados “12 días de Navidad”, el periodo que une el nacimiento de Jesús con su revelación al mundo. Sin embargo, su celebración varía según la tradición religiosa y cultural. En los países de mayoría católica, como España y gran parte de América Latina, la festividad se caracteriza por las cabalgatas, la ilusión infantil y el compartir familiar. En contraste, en el mundo ortodoxo la conmemoración se realiza el 19 de enero y se centra principalmente en el bautismo de Jesús en el río Jordán.
La transición de una solemnidad estrictamente religiosa a una celebración popular comenzó en el siglo XIX. En 1866, la ciudad española de Alcoy celebró la primera cabalgata de Reyes documentada, una tradición que luego se extendió por toda Hispanoamérica. Desde entonces, la víspera del 6 de enero se transformó en una noche de vigilia y expectativa, especialmente para los niños.
En países de Latino América, la celebración conserva una estructura heredada de la colonización española, con particularidades propias. La costumbre de dejar los zapatos junto al pesebre, acompañados de agua y pasto para los camellos, refuerza el vínculo entre el relato bíblico y la vida cotidiana. La Rosca de Reyes se mantiene como un símbolo gastronómico que marca el cierre del ciclo navideño, en un contexto de reunión familiar y pausa social, aunque no se trate de un feriado nacional inamovible.
A nivel internacional, la festividad adopta diversas expresiones. En Italia, por ejemplo, la figura de la Befana —una anciana que reparte dulces— cumple un rol similar al de los Reyes Magos, pero con raíces folclóricas distintas. Estas variaciones reflejan la riqueza cultural y la multiplicidad de interpretaciones que rodean a la Epifanía.
La historia y la arqueología también han intentado otorgar un sustento material a la tradición. En la Catedral de Colonia, en Alemania, se conserva el Relicario de los Tres Reyes, que según la tradición alberga los restos de los magos trasladados desde Milán en el siglo XII. Aunque su autenticidad es objeto de debate académico, su presencia convirtió a Colonia en uno de los principales centros de peregrinación de Europa.
NAM/Agencias
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