Irónicamente, el error de Jim Joyce terminó inmortalizando a Armando Galarraga mucho más que a varios de los lanzadores que sí poseen un juego perfecto oficial
Se cumplen exactamente 16 años de una de las noches más memorables, agridulces e infames en la historia de las Grandes Ligas. El 2 de junio de 2010, el lanzador venezolano Armando Galarraga, vistiendo el uniforme de los Tigres de Detroit, esculpió una obra de arte en el montículo del Comerica Park que quedó grabada para siempre como el «juego perfecto de los 28 outs».
Aquella noche frente a los Indios de Cleveland, Galarraga retiró a los primeros 26 bateadores de forma consecutiva. El juego perfecto número 21 en la historia de la MLB estaba a solo un out de distancia. El bateador número 27, Jason Donald, conectó un rodado flojo hacia la derecha. El inicialista Miguel Cabrera fildeó la bola y la lanzó a Galarraga, quien corrió a cubrir la primera base.
El lanzador venezolano pisó con claridad la almohadilla, superando al corredor por casi un paso completo. La celebración ya estallaba en las tribunas, pero el umpire de la inicial, Jim Joyce, sentenció el fatídico e incorrecto «¡SAFE!».
En una era donde aún no se implementaba el sistema de revisión de jugadas por video (instaurado posteriormente en 2014), la decisión arbitral era definitiva. Sin inmutarse ni perder los papeles, Galarraga regresó al montículo con una sonrisa incrédula y retiró al bateador número 28, Trevor Crowe, para sellar una victoria por 3-0 que técnicamente quedó registrada como un blanqueo de un solo imparable.
«Nadie es perfecto», declaró Galarraga a los medios al finalizar el encuentro, mostrando una templanza y grandeza humana que conmovió al mundo del deporte.
El drama se trasladó al clubhouse. Al ver las repeticiones televisivas, Jim Joyce rompió en llanto al darse cuenta de la magnitud de su error. «Le costé la inmortalidad a ese muchacho. Simplemente fallé la maldita sentencia», confesó un destrozado Joyce ante la prensa.
Al día siguiente, en un gesto que trascendió el béisbol, el mánager Jim Leyland envió a Galarraga a entregar la tarjeta de alineación en el plato. Frente a miles de aficionados que aplaudían el civismo de ambos, Joyce y Galarraga se estrecharon la mano en un emotivo encuentro lleno de lágrimas y respeto mutuo.
A pesar de las constantes peticiones de los fanáticos y de los propios Tigres de Detroit para que la MLB revirtiera la decisión e incluyera formalmente a Galarraga en la lista de juegos perfectos, la oficina del comisionado de aquel entonces, Bud Selig, decidió mantener el libro de anotaciones intacto.
Irónicamente, el error de Jim Joyce terminó inmortalizando a Armando Galarraga mucho más que a varios de los lanzadores que sí poseen un juego perfecto oficial. Dieciséis años después, el mundo no recuerda el compromiso como un fallo arbitral, sino como la mayor cátedra de caballerosidad, deportividad y redención que se haya visto jamás sobre un diamante de las Mayores.
Los zapatos de Galarraga y la primera base de aquella noche reposan hoy en el Salón de la Fama de Cooperstown, recordándonos que, a veces, la imperfección es el camino más directo a la eternidad
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