El Centro Rafael Urdaneta (CRU) custodia un universo donde el tiempo parece detenerse para contar la historia de una ciudad que se niega al olvido. Al traspasar el umbral de su sede republicana, los pesados muros de «adobito» susurran los orígenes de Santa Lucía y El Empedrao, convirtiéndose en testigos materiales de nuestro mestizaje. En su interior, el Museo Maracaibo Centenaria desvela tesoros que impactan el alma: desde la pesada cruz que un día cayó de la iglesia Santa Bárbara, hasta el impecable traje del inmenso Mario Suárez, acompañados por botellas y libros que encapsulan épocas doradas de nuestra capital zuliana.

Pero el asombro mayor aguarda frente a una imponente estructura que a la vista y al tacto parece vaciada en concreto. Se trata de una majestuosa maqueta visionaria, una auténtica obra de ingeniería que condensa el talento del arquitecto Alí Hassan Namazi. De origen árabe-iraní, pero con un corazón profundamente anclado en el Zulia, Namazi dejó una huella imborrable en el paisaje marabino. Fue el genio detrás de la Plazoleta de la Virgen, parte vital del Paseo Ciencias, el Obelisco de la Chamarreta y el impresionante complejo socio-cultural y religioso Conjunto Ciudad de Dios, una iniciativa impulsada por Monseñor Gustavo Ocando Yamarte. Su vida, marcada por la genialidad creadora, tuvo un desenlace trágico rodeado de misterios, pero su obra de vanguardia sigue hablando por él en cada rincón de Maracaibo.

La cúpula que acarició el cielo
La maqueta que hoy reposa en el CRU es el testimonio palpable de lo que pudo ser el casco central durante la década de los 90. Impulsado por la iniciativa de Monseñor Roa Pérez, el proyecto contemplaba la ampliación de la Basílica, aquel templo que alguna vez comenzó como una humilde ermita de palma. El diseño proponía una expansión hacia su parte posterior coronada con una cúpula espectacular que, en palabras del Ingeniero Geodesta Francisco Urbina Nava, presidente del CRU, solo podía ser comparada con la cúpula de la iglesia de San Pedro en el Vaticano.

El proyecto integraba al histórico Hospital Chiquinquirá –nuestro querido «hospitalito»– y anexaba un área netamente religiosa pensada como residencia para los sacerdotes. De haberse concretado, todo el casco central se habría convertido en un gran eje religioso y cultural, un elemento fundamental para el desarrollo de la ciudad. Aunque la obra quedó inconclusa y guardada para la historia, su genialidad sigue intacta.

Mirar al pasado para proyectar el futuro
Hoy, la visión del museo va mucho más allá de ser un simple depositario de reliquias. Francisco Urbina Nava destacó durante nuestra visita que el espacio no es solo un museo, sino una escuela. La meta es abrir las puertas a los niños y jóvenes para formarlos en poesía, música y, sobre todo, sembrar en ellos el sentido de pertenencia por la cultura patrimonial del estado Zulia.
La filosofía que guía a esta institución es clara: hay que mirar al pasado para evaluar el presente y proyectar el futuro. Con iniciativas semanales como los Jueves Culturales, el Museo Maracaibo Centenaria se alza como un faro de luz. Es un recordatorio de que nuestra historia, encarnada en las visiones de hombres como Namazi, debe ser estudiada, preservada y sentida en el pecho como profundamente nuestra.






Texto/Foto/Video: Luis Miguel Flores
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