Hoy, a exactamente diez años de aquel día, su figura no ha perdido un solo gramo de peso en la memoria colectiva; al contrario, se consolida no solo como el boxeador más influyente de todos los tiempos, sino como un ícono social cuya vibración sigue intacta
El 3 de junio de 2016 el mundo del deporte se detuvo. En un hospital de Scottsdale, Arizona, se apagaba a los 74 años la vida de Muhammad Ali, tras una batalla de más de tres décadas contra el mal de Parkinson.
Hoy, a exactamente diez años de aquel día, su figura no ha perdido un solo gramo de peso en la memoria colectiva; al contrario, se consolida no solo como el boxeador más influyente de todos los tiempos, sino como un ícono social cuya vibración sigue intacta.
Nacido como Cassius Clay en Louisville, Kentucky, entendió rápido que las cuerdas del cuadrilátero le quedaban chicas. «Vuela como una mariposa, pica como una avispa», repetía con una verborragia que desarmaba a sus rivales antes de que sonara la campana. Sin embargo, su verdadera transformación ocurrió abajo del ring.
El cambio de nombre al abrazar el Islam y su rotunda negativa a alistarse en el ejército para la guerra de Vietnam en 1967 marcaron un antes y un después en la historia contemporánea. «No tengo problemas con los vietnamitas. Ningún vietcong me ha llamado nunca ‘negrata'», disparó en su momento, una frase que le costó sus mejores tres años de carrera profesional, el título mundial y la libertad de salir de su país.
Aquella suspensión, lejos de quebrarlo, lo transformó en el símbolo de la resistencia pacífica y la lucha por los derechos civiles en una América profundamente segregada.
Cuando la justicia le dio la razón y pudo volver a calzarse los guantes, regaló páginas doradas que parecen sacadas de una novela de ficción: la trilogía contra Joe Frazier, el milagro táctico en «The Rumble in the Jungle» (El Rugido en la Jungla) de 1974 contra un George Foreman que parecía invencible, y su coronación como tres veces campeón del mundo de los pesos pesados.
A una década de su adiós, los homenajes se multiplican globalmente. El Parkinson endureció sus músculos e intentó apagar su voz en los últimos años de su vida —dejando aquella postal imborrable y temblorosa encendiendo el pebetero en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996—, pero jamás pudo tocar su legado.
Hoy las nuevas generaciones de deportistas y activistas siguen mirando al «Loco de Louisville» como el ejemplo definitivo de que un atleta puede, y a veces debe, comprometerse con su tiempo. Muhammad Ali demostró que se podía conmover al planeta entero con la velocidad de los puños, pero que la verdadera inmortalidad se gana plantándose firme por unas ideas. A diez años de su muerte, «El Más Grande» sigue tan vivo como siempre.
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